jueves, 4 de agosto de 2016

DEL DICHO AL HECHO HAY POCO TRECHO

No poseo la virtud de la santidad. Ni quisiera tenerla. Pero al leer los comentarios que subieron a Facebook algunos roldanillenses y,  en mayor número, de otras ciudades reaccionando ante el excecrable crimen cometido por un padre al quitarle la vida de manera violenta a su hija mayor y dejar al borde de la muerte a la menor, no puedo menos que decir: Me avergüenzan algunos paisanos. Y no se crea que estoy justificando un acto del que llegó noticia a Tuluá una hora y media después de cometido y que me aguijoneó toda la mañana, al punto que no pude sentarme a almorzar como todos los días. Crimen horrendo que dejó estupefactos a todos los que viven en un pueblo que le ha tocado ver, desde hace muchos años, las distintas modalidades de homicidio que el hombre se ha inventado, incluyendo el filicidio. Pero éste tuvo tintes grotescos y razones inanes que desbordaron la imaginación y tomaron por sorpresa a quienes creían que lo habían visto todo.

¿Es un homicidio reprochable desde cualquier punto de vista? Claro que sí. ¿Merece John Zapata el repudio general y toda la abyección que seamos capaces de arrojarle en la cara? Desde luego que sí. ¿Es un monstruo? No sólo eso. Merece los calificativos más rastreros. Sin embargo, no es el ciudadano común y corriente quien debe asumir el rol de justiciero y, sin ninguna fórmula de juicio, condenar a quien ha cometido un delito. Que es, precisamente, lo que está sucediendo ahora mismo con algunos roldanillenses en particular y con los usuarios de Facebook en general. Veamos este ejemplo:


Leído fuera de contexto, uno podría asegurar que son palabras de un sádico asesino,  como Garavito,  que así dejaba a sus pequeñas víctimas. Si yo fuera su amigo, lo tendría a metros. A su mujer le convendría mantener a su hijo a kilómetros de ese modelo de padre.  

Esta habla como una homicida “normal”,  de esas que sale con una pistola en el bolso, lista a desenfundarla si se le atraviesa cualquier malparido. Al menos ya demostró que es una sicaria de la ortografía.

Para no ser monotemáticos, dejo estas dos últimas perlas:
 

La primera es contundente en su sentencia: no queda más remedio que matarlo. Lo que no dice es quién lo hará,  aunque estamos seguros que no será ella. Es más fácil incitar que actuar.

La otra propone que lo maten a golpes. Ojo por ojo. Que maten al asesino. ¿Quien lo dice?

Debo decir que quise insertar aquí dos comentarios de personas que en su perfil decían vivir en Cali pero ser de Roldanillo. Presurosas quitaron sus notas provocativas luego que yo escribí lo siguiente:

El homicida, de acuerdo con lo conocido, actuó en un estado de enajenación. Además del castigo que le imponga un juez, va a necesitar un tratamiento psiquiátrico. Gustavo Reyes Vásquez y Dora Vidal también lo van a necesitar. Y muchos de los que aquí  comentan. ¡Qué mentalidad asesina la que tienen! Desde luego que la indignación es general. Pero si pudieran matar a esa persona que cometió tan execrable crimen (y si verdaderamente tuvieran el valor de hacerlo) ¿Cómo podríamos calificar ese nuevo homicidio? De verdad me avergüenzan estos roldanillenses. ¿Piden que lo linchen, que lo  sienten en la silla eléctrica? Seguramente no pedirían lo mismo si fuera un hermano quien estuviera en esas circunstancias. Es la doble moral. ¡Qué mentes tan podridas! No quisiera encontrármelos juntos pues me lincharían por lo que aquí he dicho.

Lo que más necesitan la familia Zapata y la familia Marín es nuestra comprensión. Y nuestra solidaridad. Lo demás  es hablar desde la doble moral, como ya lo dije antes.

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