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5/28/2022

Dizque salvando la democracia

 Si usted fue de los que repitió y repitió que su voto sería para salvar la democracia, permítame hacerle notar que lo que hizo fue, simplemente, ejercer el derecho a elegir y ser elegido; es decir: solo estaba participando en un acto ciudadano, de la misma manera que su contrario político, ése que también votó con el mismo argumento: Salvar la democracia. 


Tal vez el agite vivido a lo largo de esta campaña electoral no le permitió discernir que lo que realmente usted estaba defendiendo no era otra cosa que los intereses de su candidato y, de pronto, algunos intereses suyos. Sobre eso no hay que profundizar mucho porque su inteligencia ya había despejado cualquier duda al respecto. ¿Tal vez consideró que, de toda forma, ese era un magnífico argumento para arrear hacia las urnas a aquellos que no se paran a analizar sus actos políticos y caminan a tientas a pesar de gozar de una visión perfecta? Si fue así, permítame también decirle que lo que usted hizo no fue más que caer en los vicios ancestrales de los políticos que usted ha seguido. Porque aquí no seguimos ideas o propuestas -menos aún perspectivas ideológicas- sino a personas que saben como arrastrar tras de sí a una muchedumbre sin tener que hacer sonar la flauta. Aquí ni siquiera seguimos plataformas políticas sino a personas cuyo mérito es tener más astucia que inteligencia y más prontuario criminal que hoja de vida y demostrada honestidad. 


Todos sabemos que desde los tiempos de Bolívar y Santander la política en Colombia se viene nutriendo de falacias, trampas, engaños. Nuestra forma de hacer política se ha basado en la táctica del desprestigio al contrario. Después de la llamada Guerra de los Mil Días, la palabra mágica para deslegitimar fue COMUNISMO. El concepto maniqueísta del término comunista sigue vigente, solo que en la actualidad le hemos agregado dos elementos de efectos harto nocivos: el insulto que se escuda en las sombras de las redes sociales y el cuestionamiento ético fundamentado en la desinformación. 


En la campaña por la presidencia de la República quedó claro que ese los votos no se consiguen con ofertas sociales ni con las re-manidas promesas electoreras, sino con ofensas, afirmaciones alejadas de la realidad, injurias y calumnias, señalamientos irresponsables. Todos los que nos asomamos a Facebook o Twitter hemos caído en el juego sucio, Todos hemos participado de alguna manera, directa o indirectamente, unos mintiendo descaradamente, otros exponiendo verdades a medias y el resto publicando historias convenientes a su interés particular. Y todo dizque por salvar la democracia. ¿Cuál democracia? ¿La suya? o ¿la mía? 


Como sea, mañana elegiremos la persona que guiará durante cuatro años un país que merece mejor suerte que la mostrada hasta ahora. ¿Quién ganará? No importa. Los siete candidatos piensan en una mejor Colombia para los colombianos. Desde Bolívar y Santander se viene diciendo lo mismo. ¿Aguantaremos otros doscientos diez años más?





5/10/2022

Yo te insulto, tú me insultas, nosotros nos insultamos

 Si usted cree que a partir del 30 de mayo este país será diferente, tiene una visión muy romántica de la historia de Colombia y de los colombianos. Después de haber elegido presidente, Colombia seguirá el mismo rumbo y no dejará de ser el valioso botín por el que irán los políticos codiciosos, mientras los colombianos estaremos, como siempre, ocupados en mantener vivo un odio sin sentido. Y no es que repitamos la historia; simplemente no hemos querido terminarla. 

Si no fuera una falacia, se podría decir que ciertas condiciones genéticas nos predisponen a un comportamiento que excede las razones.  Nos preciamos de inteligentes, pero en asuntos de política exhibimos una ignorancia que va más allá de todo cálculo, pues aquí seguimos personajes y no ideas. ¿Acaso el colombiano común (usted o yo) conoce la plataforma ideológica de su partido? ¿Conocemos, al menos, un resumen doctrinario y algo de la historia del grupo al que pertenecemos? Es que en Colombia no hay partidos; hay rentables empresas políticas de las que se benefician unos cuantos, gracias a la fidelidad -casi siempre ciega- de sus seguidores. Rara vez alguien dice: Soy militante de tal o cual partido. Aquí siempre se dice: Soy seguidor de tal o cual político.

Ad portas de los comicios presidenciales se cuentan dieciséis partidos con personería jurídica. Sin embargo, los colombianos hemos abierto una profunda zanja, dejando -a lado izquierdo y lado derecho- hordas rabiosas que no confrontan propuestas programáticas ni argumentan con inteligencia, porque lo que se estila en el sórdido mundo de la política es el insulto gratuito oculto tras la mentira, la calumnia, la injuria. No hay ningún inconveniente en enlodar la campaña del contrario con afirmaciones, a veces descabelladas, que van desde la acusación sin fundamento hasta el bochinche malintencionado. Algunos, incluso, creen que la burla que ofende merece aplausos cerrados. 

¿Por qué quien dice ser mi amigo se convierte en un francotirador cuando mis ideas políticas no son concordantes con las suyas? “Así soy y nadie me va a cambiar, menos usted” me dijo alguien que cierta vez me amenazó de manera solapada porque no compartí su punto de vista. ¿Se dan cuenta? Entonces, no seamos tan eufóricos (o tan pesimistas, según el caso) y aceptemos que sin importar quién sea el elegido, esta Colombia seguirá siendo la misma hasta el día en que los colombianos dejemos de ser los mismos.