Leer no es lo más importante para la gran mayoría de las personas. Es más: Algunos se sienten orgullosos de no haber perdido el tiempo leyendo pendejadas. Lo he escuchado y no he podido evitar cierta tristeza.
Leer no es únicamente pasar los ojos sobre unas palabras y unas frases. Leer es comprender el sentido de esas palabras y frases, es tratar de adentrarnos en el pensamiento de quien las escribe. Es lo que se denomina “lectura crítica”. Si al abordar un libro -cualquier libro- no surgen preguntas ni comparaciones, si no estimula la comprensión del mundo, hay que empezar de nuevo la lectura. Porque un libro no solo debe servir para decorar, como lo hacen quienes compran libros por metros, sino que debe aportar conceptos enriquecedores que expandan la experiencia del lector. Aunque suene a paradoja, conociendo el pensamiento ajeno aprendemos a construir nuestro propio pensamiento.
Leer, además, nos vuelve independientes. Nuestro pensamiento se hace universal. Quien lee no está atado a personas sino a ideas, no sigue partidos políticos sino ideologías. Como consecuencia de ello, el verdadero lector se convierte en elemento de alto riesgo para el sistema. Y es en este punto donde los que no leen se acercan orgullosamente al colectivo de los ignorantes, que es igual a decir que están en la zona donde la estupidez sobresale y los manipulables alcanzan el más alto nivel de aborregamiento.


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