viernes, 9 de junio de 2017

La eterna historia

Produce hilaridad el cambio de actitud de aquellos que decidieron no retrasar más el lanzamiento de su candidatura al cargo más codiciado en las entidades territoriales: el de gobernante, ya sea de la Nación, del Departamento o de cualquiera de sus municipios. Ellos, los candidatos, se tornan en extremo simpáticos, accesibles, generosos,  abiertos a cualquier posibilidad. Escuchan con asombrosa atención a su potencial elector, estrechan las manos de los desconocidos, adquieren el don de la ubicuidad pues se los ve en toda parte y ocasión y en compañía de los más variados personajes, conceden el honor de visitar las casas más humildes, no tienen inconveniente en sentarse en el taburete cojitranco de don Nadie… en fin, exponen todas esas cualidades que uno quisiera que conservaran por siempre. O al menos durante el período de su administración. Pero la realidad es bien distinta. A partir del día en que toma posesión, el elegido cambia de manera radical su actitud amable y su naturaleza humana: frunce el ceño, primero como demostración de la gravedad de digno cargo y luego como señal de fastidio hacia aquellos que se sienten obligados a devolver el manoseo. Ya no escucha con atención; es más: ya no entiende ni se hace entender. Se esconde de sus electores, exige citas previas para una charla de cinco minutos y la mano sólo la extiende para cerrar negocio con los contratistas. 

Eso ocurre ahora y ha ocurrido históricamente. Sin embargo, el libreto se repite como si fuera una presentación de circo. Sólo cambian los nombres y los rostros de los actores, pues las actitudes son las mismas y los electores son los de siempre¿Por qué, entonces, continúa la comedia? El intento de respuesta amerita varios ángulos de reflexión. 

Uno podría pensar que el 90% del potencial de electores en Colombia está constituido por esa masa amorfa y maleable que puede ser manipulada al antojo de todos los políticos. Pero esa es una verdad relativa, pues es suficiente con escuchar al lustrabotas, al taxista, al obrero, al desempleado, a la gente del común, para saber que todos tienen un mínimo de noción sobre la realidad que los rodea entre elección que pasó y la elección que se aproxima. “Son los mismos con las mismas” se oye decir. “antes de elecciones son unas mansas palomas pero después se vuelven unos buitres” se escucha con frecuencia. “Con todos no se hace ni un caldo” es el decir general. Esa percepción popular que apunta hacia la total desconfianza por la clase política se diluye el día de comicios cuando todos los críticos de cafetería madrugan a rayar la cara del que le señalaron con anticipación, pues no se trata de votar por el candidato con mejores propuestas sino por el que el directorio impuso o el vecino con intereses en un puestico viene insinuando con insistencia.  


Digamos que esa es la falta de coherencia que nos caracteriza y nos muestra como depositarios de todas las contradicciones. Con todos los políticos no se hace un caldo, pero tenemos que votar por ellos porque ya nos comimos la micro-remesa y la cajita de lechona o la platica que nos dieron. Triste realidad. Ese billete de $20 mil o $50 mil -según la calidad del marrano- que los sacamicas del jefe político entregan doblado al estilo de las papeletas de basuco -lo que no es una coincidencia- se convierte en la obligación de ir a las urnas y devolver el favor. Flaco favor que no es tal.  

No nos llamemos a mentiras. En este país, donde son los delincuentes quienes  le ponen precio a todo,  incluso la democracia tiene un valor sujeto a la oferta y la demanda que se formaliza con la cesión de derechosPor eso todos tenemos bien claro que quien vende su voto no tiene derecho a exigir nada,  excepto la viciada paga. En cambio el político corrupto, que ya obtuvo lo que quería y a un costo mínimo, queda con todas las prerrogativas y algo más: con un respaldo de apariencia democrática que le da patente de corso para meter las manos en el codiciado saco del erario. Y ya no tiene que hacer promesas mentirosas de campaña. El paquete de la transacción corrupta las trae incluidas. 

 ¿Se repetirá la historia? Claro que sí. Porque este es el único país del mundo donde al elector lo capan cada que hay elecciones. 

ANIBAL
MANUEL

viernes, 2 de junio de 2017

Libros chatarra

Navegando al garete por las redes sociales uno encuentra de todo, como en botica. Y entre las cosas con las que tropecé y me causó profunda indignación fue la siguiente imagen divulgada por el estimado amigo Iván Kizza:
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Debo decir que fui docente en el área de Español y Literatura durante 14 años. Y en todo momento traté de inculcar el hábito de la lectura a mis amigos estudiantes. Pude haber cometido muchos errores en el ejercicio de tan cuestionada profesión, pero jamás el de menospreciar un libro. "No hay malos libros, hay malos lectores" era la frase que solía pronunciar en el salón de clase, refiriéndome no tanto a su contenido sino a su cualidad intrínseca, a la forma superficial como leemos, a la falta de análisis, de interpretación crítica.

Ahora choco violentamente contra este exabrupto y me doy cuenta que el valor del libro ya no se mide por el peso de lo que está consignado en sus páginas sino por el peso en kilos. Es cierto que en los anaqueles de las bibliotecas escolares no están todos los que son ni son todos los que están. Allí uno encuentra joyas engastadas en la solidez de un autor muy importante, pero también verdaderos bodrios que no sirven ni siquiera para nivelar la mesa cojitranca del maestro. Sin embargo, eso no es razón para que los responsables de una institución educativa de Roldanillo se den el lujo de vender por kilos toda una biblioteca. En una escuela podrán faltar algunas cosas que no se consideren esenciales, a criterio de los de de arriba (el sueldo de los profesores, por ejemplo) pero jamás los libros. Esa es la materia prima. Esa es la herramienta con qué labrar el conocimiento colectivo.

Se escucha con frecuencia -es un reclamo casi en tono de rezo- que las escuelas carecen de material lectura, que los niños y jóvenes no tienen nada para leer ni en donde leer. Eso me motivó a digitalizar mi biblioteca, esa que había hecho con años y años de pasión por los libros, con el fin único de obsequiarla. Después de buscar las instituciones que más la necesitaran y pudieran aprovecharla, envié más o menos 850 libros a cinco escuelas rurales de Tuluá. Eso le correspondía a las autoridades administrativas del municipio, claro está. Pero esas escuelas tenían una carencia no satisfecha oficialmente y mis libros ya habían cumplido su función estando en mis manos. Hubiera sido un desperdicio seguir conservándolos.

Al parecer en Roldanillo ocurre lo contrario: hay superávit de libros en las bibliotecas escolares. Desconozco cuál institución educativa que está sobrada de lote en materia de textos de lectura y consulta. La que sea, se ha practicado el harakiri y sus directivos merecen el reproche de toda la comunidad. ¿Esa decisión fue aprobada por el Consejo Directivo o el órgano regulador de la escuela? ¿Los libros se habían sometido a inventario o sólo hacían parte de los "consumibles" como el papel higiénico en las letrinas? Hay muchas preguntas que deben ser respondidas.

En todo caso este hecho insólito exige una explicación. No puede ser que un maestro, persona responsable de formar académicamente a unos niños para que piensen con criterio propio, esté echando al basurero esa posibilidad. Parece mentira que un docente, que se ha nutrido en las fuentes de los libros, los menosprecie de forma infame. Tiene que haber una explicación inteligente. Iván Kizza manifiesta que el dueño de la recicladora, Gamaliel (nombre de un fariseo que intercedió por la vida de los apóstoles y cambió el curso de la iglesia cristiana) le dio como única razón que los docentes fueron obligados a vender los libros porque les iban a dar unos nuevos. Hummmmm... una razón fuera de toda lógica, pues así les hubieran cambiado por unos nuevos conservando los títulos y autores, los viejos (que se ven no son tan viejos, como me dijera alguien a quien le falta mucho pelo pa' moña) se habrían podido destinar a otras escuelas, entidades culturales, tertulias literarias, mentideros poéticos, cuchitriles del arte, etc. Claro que desde la lógica contratista que se aplica en el universo de la politiquería, decir que se deben botar libros para reemplazarlos por otros de los mismos sí es posible. Muy posible.

Ruego a los dioses que mis palabras puedan ser rectificadas por los directivos del centro docente responsable del bibliocidio, que me digan que estoy hablando desde el punto de vista de la coprología pura, que me he equivocado como siempre. Es que por más que trato de entender el asunto no le encuentro ni pies ni cabeza.