miércoles, 30 de marzo de 2016

LA ESTRATEGIA DEL MIEDO



En la noche del pasado martes 29 de marzo se iba a reunir en el centro comunal de Los Llanitos un grupo de personas vinculadas  al famoso programa de “Mejoramiento de sesenta viviendas del municipio de Roldanillo” y otros. No hablarían de política, ni de religión ni del resultado del partido Colombia - Ecuador. Los organizadores de la reunión sólo iban a tratar el importantísimo y polémico asunto de un plato de sancocho de gallina que sería ofrecido en venta con el fin de conseguir unos recursos económicos. Pero antes de que empezara la reunión llegó JULIÁN CABRERA acompañado de unas personas que al parecer también estaban vinculadas a ese mismo programa, pero como responsables de su ejecución. Me dicen que llegaron pisando fuerte. Me informan que llegaron vociferando. Me cuentan que llegaron con filmadora en mano y actitud agresiva. Me advierten que llegaron haciendo directas alusiones a mí.

Empecemos por lo último.

Al parecer al señor Julián Cabrera y su ingeniero contratista, así como su legión de sumisos seguidores, no les gusta que yo escriba y, menos aún, lo que yo escribo, especialmente lo que tiene que ver con el “Mejoramiento de sesenta viviendas del municipio de Roldanillo”.. Eso es problema de ellos. Cuando redacté esos escritos lo hice con fundamento en una serie de documentos que aún tengo en mis manos y que fueron publicados, mediante links, para que el lector conociera lo que se había contratado y lo que se le había dado los beneficiarios de ese programa de mejoramiento de vivienda. Las cifras siguen ahí. Las dudas y la inconformidad de los beneficiarios siguen ahí. Y yo seguiré aquí. Ah… y no escribo por encargo ni “pedaliado” por nadie. Soy independiente en mi pensamiento y en mi actuar. Y ése sí es el verdadero problema para muchos.

Cuando con la razón no se puede justificar los hechos, se recurre a la violencia. Hace mes y medio me llegaron mensajes que claramente contenían amenazas de muerte. No puedo negar que me causaron zozobra, que me hicieron sentir algo de temor por mis hijos. Pero la verdad es que situaciones de amenazas -propias o ajenas- debo manejar a diario. Y esas las sorteé y creí haberlas controlado. Sin embargo, con el bochornoso retorno del ex-alcalde noto que, en el esquema de autoprotección que he diseñado, me falta cubrir algunos frentes. A mis 65 años no tengo temores de que mi existencia acabe, pero si pudiera llegar siquiera a los 80 me sentiría halagado por la vida. Para las amenazas ando preparado. Para dejar este estercolero, también.

Seguidamente tengo que decir que eso de llegar como tropa de asalto, interrumpir el inicio de un reunión y entrar a pesar de las advertencias de no haber sido invitados, no es novedoso. En Colombia esa práctica fue común en los bandoleros que llegaban a las fincas a realizar sus masacres. Fue común cuando los soldados de la dictadura derribaba puertas en busca de estudiantes “comunistas”. Se afinó en el régimen de Turbay. Actualmente el ejército de la derecha y la guerrilla no se han olvidado de atropellar de esa forma en busca de informantes. Así es que lo que hizo Julián Cabrera y sus sec… acompañantes no es de extrañar, pero sí de censurar. Llegaron dispuestos a provocar, pues una ingenua mujer apareció con filmadora en mano apuntándola hacia los desagradecidos beneficiarios del “Mejoramiento de sesenta viviendas del municipio de Roldanillo” tal vez a la espera de reacciones violentas. Llegaron dispuestos a buscar camorra, pues el tono de voz fue desafiante. Y finalmente lograron un intercambio de insultos. Los escuché a todos en una grabación de treinta y dos minutos que se hizo en el sitio y me enviaron de inmediato. A Julián Cabrera se le olvidó algo elemental: cuando uno tiene que dejar el poder, también tiene que dejar la prepotencia, la arrogancia y todo lo que ese narcótico produce para enceguecer.

A propósito de lo anterior, es por demás extraña la reaparición en público de Julián Cabrera. En el ejercicio de su mandato se le buscó por toda parte para que explicara razonadamente la situación del parque Elías Guerrero (tema de nunca acabar) y no quiso dar la cara. No dió ningún tipo de explicaciones, así fuera en un boletín de prensa. No atendió con responsabilidad el llamado de la comunidad. Fue arrogante ante el clamor del pueblo. Y ahora viene a decir, de manera desafiante y altanera, que se toma a la fuerza cualquier espacio, así sea una reunión para programar un sancocho de gallina, porque necesita ser oído. ¡Vaya! Parece que Julián Cabrera quiere rescatar un estilo de réplica que se da en los grupos neonazis y en las organizaciones de ideologías extremas.

Repito: como trato de ser consecuente con mis ideales, no temo a ninguna confrontación ideológica. No temo a la muerte, pues ya he vivido suficiente, aunque quisiera vivir más. Y no tengo enemigos que signifiquen ese riesgo. Si no le temo a la muerte, mucho menos le voy a temer a otras contingencias que puedan tener ocurrencia en mi vida pública. El miedo, el verdadero miedo, se percibe por otros lados.

ANIBAL MANUEL

martes, 22 de marzo de 2016

DE LA QUEJA A LA ACCION

Hace poco se abrió una discusión –un poco tensa pero civilizada, hay reconocerlo- por motivo de la publicación que hizo el señor Delio J. Naranjo de una imagen con el siguiente texto: Yo ♥ a Roldanillo. Ante una reacción un tanto cargada de indignación, el señor Naranjo, a quien no he tenido ni el gusto ni el disgusto de conocer, expresó que había que quejarse menos y actuar más. Ahí empezó la fiesta y algunos nos dedicamos a lo que mejor sabemos hacer: discutir apasionadamente por Facebook.

Es cierto: los roldanillenses nos hemos acostumbrado a la comodidad, a hablar hasta por los codos sin mover un dedo, así sea en las circunstancias menos importantes. “¡Qué calor tan insoportable! ¿Quién va por refrescos?”, preguntamos. Y nos quedamos apoltronados, esperando que alguien vaya por los refrescos. Así es en todos los espacios de la vida, incluyendo ese infinito escenario que se denomina genéricamente como redes sociales.

En el caso de Roldanillo, existen en Facebook varios grupos con un buen número de miembros, donde se tocan diversos temas y donde cada quien hace comentarios a su conveniencia. Hasta ahí muy bien. Lo que no está bien es que, en algunos casos, alguien haga un llamado o promueve una causa -como ocurrió con “NO más reformas al parque Elías Guerrero” o como ocurre con el grupo “Observatorio Ciudadano”-  y de inmediato salte el ejército de seguidores a darle ME GUSTAa pulsar en COMPARTIR y a hacer comentarios como: “Por eso es que estamos así”, “Falta más compromiso de las autoridades municipales”, “Esa gente roba tranquilamente y nadie les dice nada”. Así nada más: sin el acompañamiento de fórmulas de solución.  Si estamos así, ¿Qué hacer para mejorar? Si falta más compromiso de las autoridades, ¿Qué se propone para que lo adquieran? Si esa gente roba tranquilamente, ¿Cómo VAMOS a evitarlo? Pero la frase que más risa me causa, no por lo graciosa sino por lo cómoda, es esta: “¿Y qué van a hacer para evitar esos abusos?” El que la escribe no se incluye, no pone el pecho, espera que los demás lo hagan. Mejor dicho: ¿Quién va por los refrescos?

Lo de darle ME GUSTA se entiende un poco más. Sucede que es lo más cómodo para decirle al autor del artículo que éste fue leído, aunque no haya sido cierto, porque qué pereza esos textos tan largos. Mientras que COMPARTIR da a entender que sí lo leyó y que, a su criterio, merece ser conocido por otros.

Así como el señor Delio J. Naranjo dice que -en lo que hace referencia al tema de Roldanillo- hay que quejarse menos y actuar más, yo retomo la idea y la adapto a mi manera de pensar para decir: con los problemas que tiene Roldanillo hay que QUEJARSE más, mucho más, es decir: CRITICAR más, pero con fundamentos y propuestas válidas. Y, en consecuencia, hay que ACTUAR mucho más para no quedarse uno como mero espectador de la historia. Dicho de otra manera: Si me quejo menos –es decir, si critico menos- es porque la eficiencia y eficacia de la administración municipal me ha dejado menos razones para actuar. Claro que al criticar más se corre el riesgo de ser calificado como resentido, inconforme, amargado indeseable o, en el peor de los casos, comunista. Prefiero cualquiera de esos (o todos, si así lo prefieren) a que me tilden de CONFORMISTA.