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jueves, 5 de julio de 2018

Acatando normas mínimas

Los pueblos sólo podrán superarse cuando sus asociados guarden respeto por las normas mínimas y acaten incondicionalmente la norma superior que da sustento a la legislación colombiana: la Carta Magna. Es lo que sustenta a los países socialmente desarrollados y hace la diferencia con aquellos que, de manera estratificante y excluyente, fueron llamados “del tercer mundo”.

Normas mínimas como las que debemos acatar al interior de nuestras casa, en los deportes que practiquemos, las de convivencia social -entre muchas otras- dicen mucho de lo que somos. El rechazo a las mismas dice mucho de lo que no debemos ser porque, de manera imperceptible, terminaremos practicando esa inversión de valores de la que tanto se habla en el presente.

En ese orden de ideas, tenemos que aceptar que las normas mínimas de tránsito son las más vulneradas por los ciudadanos, tanto los de corbata como los de alpargata. Y entre éstos sobresale esa casta del mundo moderno llamada motociclistas.

Mi primera motocicleta la adquirí por $45.000,oo hace 40 años. Antes de entregármela, el vendedor me instruyó no sólo sobre su uso correcto y mantenimiento, sino sobre las precauciones que debía tener al conducirla para evitar al máximo un accidente. Recuerdo estas palabras suyas: “Me perdona que se lo diga de esta manera, pero quien no respeta las más elementales normas de tránsito, no respeta ni a su madre” Se grabaron en mi consciencia cívica de tal manera que hoy es una de mis preferidas.

No solamente el modelo de las motos ha cambiado desde entonces. También el comportamiento de los motociclistas es harto diferente ahora. Para mal, es necesario advertirlo. El motociclista de hoy, en alto porcentaje, es un irrespetuoso de lo que preceptúa el Código Nacional de Tránsito. Es más: no ha leído, ni por broma, una sola línea de ese estatuto que fue hecho para los que conducen vehículos de todo tipo, incluyendo las bicicletas. Es por eso que pasan de largo en los semáforos en rojo, estacionan donde les place, no guardan distancia al ir por las vías urbanas ni al estacionar detrás de un automóvil, adelantan por la derecha, salen en las esquinas sin mirar, no controlan los exostos, conducen sin casco, andan sin los documentos reglamentarios… Como si fuera poco, cuando cometen una imprudencia que pone en riesgo su integridad y la del que tuvo el infortunio de encontrárselo en su camino, el culpable el otro (que puede ser usted) y el reclamo, cuando no el insulto y la amenaza, es el único argumento con que soluciona el impasse. Si, claro: no son todos. Pero sí es igual en toda parte.

Todos queremos lo mejor para el pueblo -al menos eso es lo que perifoneamos a diario- y por eso, durante algún tiempo, publicaré algunos cartelitos como un aporte en busca del rescate de ese motociclista que puede convivir civilizadamente en un entorno que le exige cambios en su comportamiento ciudadano. Quedo a la espera de los insul… Bueno, esperemos a ver qué pasa. Aquí va el primer cartel con la frase arriba textualizada:



viernes, 29 de junio de 2018

De burócratas

Thomas Sowell (1930) es un pensador y economista conservador-libertario estadounidense. Tras el fallecimiento de Jean-François Revel, ha quedado como uno de los máximos representantes de la oposición al modelo de pensamiento de lo políticamente correcto. 

jueves, 28 de junio de 2018

De la malicia indígena al vivo-bobo



Malicia indígena… He buscado, sin ningún resultado, el origen de esa expresión que vengo escuchando desde siempre, aplicada a la ventaja que se logra sacar de situaciones donde lo justo y equitativo debe imperar. Es una línea de comportamiento ciudadano que va en contra de todo lo ciudadano. Una filosofía que sirve de soporte vivencial a quienes tienen que abrirse paso a codazos. Me arriesgo a especular que tiene que ver con el legendario relato que habla de la astucia de Moctezuma para engañar a Cortéz.
Malicia indígena es equivalente a “tirar viveza” o, dicho de otra forma, aprovechar el juego limpio y la recta actitud del otro. Quien vende un automóvil usado asegurando que está como nuevo, aunque sepa que pronto habrá que someterlo a reparación, no es un visto como estafador sino como alguien con malicia indígena. Y el que lo compra no es una víctima de la mala fe, es un bobo a toda la carrera. Pero si el que quiere tomar ventaja no logra su cometido, entonces se convierte en el vivo-bobo, condición que lo hace objeto de reproche y burla.

¿Y la malicia indígena aplicada a la política nacional? Mejor no repetir lo que todo el mundo sabe.
 La malicia indígena hace parte de esa cultura subterránea que se identifica con otras expresiones convergentes como: No dar papaya, buscarle el quiebre a la ley (hecha la ley, hecha la trampa), echar travesía para llegar más rápido, pasar de agache, echarle tierra al competidor… ¡Avíspese,  mijo!

Aquí hasta los que se dicen más decentes consideran que ser multado por estacionar su auto en sitio prohibido no es la consecuencia directa de violar una norma de tránsito sino, simplemente, el resultado de dar papaya; es decir, fue sorprendido cometiendo una infracción por un estúpido descuido. Pilas, pues, que al infractor aún le queda el recurso del pataleo. Si eso no funciona, el derecho inalienable de agredir al agente de tránsito.
 
Desde el encumbrado empresario hasta el señor de la tienda busca por todos los medios evadir el pago de impuestos o. al menos, reducirlos al mínimo, a pesar de cobrarlos por adelantado al consumidor. Es que hecha la ley, hecha la trampa y no van a permitir que el Estado les arrebate los pesitos extras que honradamente han esquilmado a sus clientes. Más pendejos si no lo hacen. Todo vale. Todo es permitido. ¿Y qué tal el engaño de las promociones comerciales? Si sólo necesito un jean que cuesta $75.000.oo, ¿Por qué tengo que comprar dos por $150.000.oo para que me “obsequien” un tercero cuando, en realidad, el valor correcto de cada uno era de $50.000.oo? Eso no es estrategia comercial. Es malicia indígena, pero de la peor.

Los anteriores ejemplos sirven para tomar una idea aproximada de lo que, finalmente, no es otra cosa que la puesta en práctica de la doble moral: transgredimos la norma pero no toleramos a los transgresores. Rechazamos a los consumidores de estupefacientes, pero no vemos problema alguno en levantar un altar a Pablo Escobar. ¡Respete, carajo! es lo que exigimos con indignación, pero con la mayor naturalidad pisoteamos los derechos de los demás.

La perspectiva del comportamiento ciudadano se ha desviado de tal forma que en cualquier situación de infracción, el culpable siempre será quien no la cometió. O si no mire lo que pasa en un accidente de tránsito: el imprudente nunca lo es. El responsable es aquél que, por conducir correctamente, no va a la ofensiva.

Por eso hemos creado un argot que ya ni siquera es código cerrado: En nuestro medio no se comete un hurto; se corona un negocio. No se obtiene una ganancia ilícita; se logra una buena tajada. No se incurre en el delito de cohecho; se colabora pa’ la gaseosa. Y si, por alguna adversa circunstancia, alguien es capturado, no lo es por cometer un ilícito sino por tonto, porque dio papaya.

La malicia indígena no es indígena ni es malicia. Es la forma como mostramos que nuestra sociedad está gravemente enferma a pesar de tener la medicina muy cerca: en la casa de cada uno de nosotros.

jueves, 7 de junio de 2018

Mirando con optimismo

Hace varios meses unos ciudadanos alarmistas y siempre dispuestos a perturbar, sin razón alguna, la acuciosidad oficial dieron voz de alerta porque el puente sobre el río Cauca en el sector de Guayabal presentaba notorio deterioro ocasionado por el paso de trenes cañeros al servicio del Ingenio Riopaila. El abogado y ex-docente Joel Coronado manifestó que promovería una acción popular con fines motivacionales para hacer que los servidores públicos a quien les corresponde tomar cartas en el asunto se animaran un poco a cumplir con sus deberes. Se escucharon algunas voces de apoyo (claro: no han de faltar los desocupados inconformes que se prestan para todo) y al final, luego de algunas reuniones entre la cúpula empresarial y sus alcaldes, se escuchó y se leyó que la empresa azucarera, la única que se disculpa por llevar progreso a la región, intervendría de inmediato.

                              
De veras que lo hizo. El pasado mes el Ingenio Riopaila movilizó toda su maquinaria amarilla, todas sus volquetas y el ejército de obreros de que dispone, todo absolutamente necesario para llevar media docena de conos de prevención que fueron ubicados de tal manera que dejaran la inequívoca impresión de una reparación en marcha.

                            

Ayer 6 de junio pasé por el puente y debo aceptar que quedé muy impresionado. La intervención que se le ha hecho al piso de esa estructura fue tan profesional que apenas sí se nota. Mejor dicho: parece como si nada se le hubiera hecho. De no ser por unos imperceptibles parches de asfalto aplicados hace tiempo y que recuerdan la mantequilla que se unta en una tostada, uno diría que este puente quedó como para inaugurarlo de nuevo. Eso sí, los interventores fueron previsivos y dejaron tres grandes orificios graciosamente adornados con conos y cintas de prevención. Pudieron prescindir de esos adornos; pero la ingeniería colombiana, de trascendental protagonismo en la rentabilidad de la contratación estatal, exige reducir los motivos para adentrarse en las aventuras suicidas.

                               

Me voy a permitir una crítica constructiva: el puente se está desperdiciando como elemento turístico, tan importante y emocionante como el campeonato mundial de parapente. Pasar el puente en buseta, automóvil o moto no tiene gracia alguna. Otra cosa es pasarlo a pie, pues si en esos momentos circula por allí un vehículo pequeño, se sentirá algo similar a un sismo escala 5, nivel que aumentará con el paso de un camión de mediano tonelaje. Con una tractomula la emoción intensifica y empieza a sentirse el efecto de la adrenalina, pues el piso ondula y la estructura salta y hace saltar. El corazón acelera. Queda uno con el alma en las manos y cierta sensación de vacío en el estómago. Pero lo sublime, el Everest de todas las experiencias de alto riesgo se tiene cuando pasa un tren cañero. Es imposible caminar sin echar mano de las barandas, que vibran a punto de reventar. El piso no solo ondula sino que se mueve en toda dirección. Las junturas crujen, gimen, traquean como un enorme y desvencijado catre. La adrenalina mana a borbotones, El corazón salta del pecho y galopa como potro desbocado. Todas las sensaciones se agolpan y los ojos salen de sus órbitas. Cuando el último vagón cargado de caña rueda sobre el pavimento de la carretera, la calma retorna y termina uno agradeciendo a las autoridades que con generosa  irresponsabilidad cambiaron, sin ningún estudio previo, la autorización para el paso de vehículos con capacidad para 25 toneladas de carga -que ya representaban peligro- por los de 60 toneladas.


Se sabe que todos los habitantes de Zarzal y Roldanillo se han puesto de acuerdo para hacerse escuchar con acciones legales y constitucionales (marchas de protesta, barricadas de descontento, gritos de inconformidad), pero no han podido arrancar por motivos ajenos a su voluntad. Se sabe también que las autoridades administrativas competentes se apresuraron a desempolvar los metros y están tomando las medidas necesarias para hacer cumplir los pactos recientes, pero antes deben evaluar si es conveniente matar la gallina de los huevos de oro, pues necesariamente tendrían que renunciar al respaldo incondicional que reciben de esos mecenas cada tres años para que puedan participar en el bingo democrático.

En todo caso, el puente no ha caído aún. Así que dejemos de ser alarmista y miremos las cosas con optimismo. Todo tiene su lado positivo. Y el puente no es la excepción, mientras siga en pie.

domingo, 22 de abril de 2018

Sigamos votando por esos pobrecitos

Me dicen que estas son las prebendas de los Congresistas:

1. Gana 42 salarios  mínimos.
2. Trabaja 12 días y le pagan 30.
3. Trabaja 7 meses y le pagan 12.
4. Si no asiste al trabajo, no pasa nada.
5. Le pagan el apartamento. en Bogotá.
6. Le pagan los escoltas.
7. Le pagan el vehículo, y si quiere, no lo devuelve.
8. Le pagan la gasolina.
9. Le pagan el celular.
10. Le pagan la comida.
11. Dispone de 50 salarios mínimos para contratar "asesores".
12. Le pagan una prima técnica.
13. Le pagan primas en Junio y en Diciembre.
14. Le pagan primas de antigüedad.
15. Se pensiona con 28 millones.
16. Le dan 8 tiquetes de avión por mes.
17. Tiene inmunidad e impunidad.
18. Si lo ponen preso, paga la condena en casa.
19. Se puede reelegir indefinidamente.
20. Hace leyes para él y para sus amigos.

He consultado para verificar esta información, encontrando que mucho de lo que está arriba consignado es real. Datos como los de los ítems 5, 11 y 16 no pude encontrarlos, por lo tanto no los puedo dar como ciertos. En todo caso, estos personajes viven como reyes y todo a expensas del bolsillo de los colombianos.


Es posible que le hayan dicho que no se preocupe por eso porque usted no paga impuestos, que los impuestos los pagan los ricos. Falso. El señor de la tienda debe tributar al Estado igual que lo hacen los dueños de los supermercados. Y, claro, lo que ellos pagan al Estado se lo cobran a usted en la gaseosa que se toma, en la media libra de arroz, el plátano y los cuatro huevos que compra para el almuerzo de la familia, en el jabón para la lavar la ropa, en la muda de ropa que estrena año de por medio. Si no fuera así, esas cosas tendrían un precio menor.


Entonces, que no le digan que usted no paga impuestos. Sí los paga de manera indirecta pero van directamente al sostenimiento de burocracia, entre la que están los Congresistas y los altos empleados del Estado, algunos de los cuales devengan sueldos casi iguales al del Presidente. Otra parte va a financiar programas de supuesto beneficio al pueblo colombiano y que generalmente se traducen en puentes que se caen, obras que no se terminan, túneles que se inauguran 5 años antes de ser dados al servicio, calles que se vuelven precipicios cuando el gobernante se va… en fin, en obras donde abunda el cemento porque eso es lo que produce votos y otros dividendos que nos convierte en uno de los países más corruptos del continente. Y el tercero más desigual en el tema social.


Por eso le pregunto: si usted es víctima de estos personajes que andan de pueblo en pueblo, como artistas de circo, diciéndole: “vote por mí y muérase de la risa” ¿Por qué sigue depositando su voto por ellos? No lo merecen. Usted tampoco merece el tratamiento que le dan a cambio.

sábado, 21 de abril de 2018

Feliz DÍA DE LA TIERRA


En medio de tantos días, hoy celebramos el DÍA DE LA TIERRA. Para los que tienen una visión cosmogónica, la Tierra es nuestra madre. Para las personas que tienen instinto de conservación es nuestra casa y debemos cuidarla, para los demás, no es más que un estercolero del que no hay que preocuparse  porque no se va acabar mañana. ¿A cuál grupo pertenece Usted?


miércoles, 28 de marzo de 2018

CON LICENCIA PARA HACER RUIDO

¿Será que el control al ruido en Roldanillo sólo se aplica a los establecimientos públicos ubicados en la denominada zona rosa?

La pregunta viene porque a diario escucho un desfile de vendedores ambulantes que recorren hasta el último rincón del pueblo anunciando su mercancía con equipos que tienen un volumen, incluso, más alto que el que se escucha en la zona rosa. Y las autoridades encargadas de poner orden en el municipio siguen mirando sólo para ese lado.

Desde el señor que pasa con tres bolsas de tomate pregonando que están en promoción y lleva cuatro meses sin que nadie le compre, hasta el vendedor de obleas y solteritas, el de las papayas y el plátano, el que lleva la mazamorra y el que ofrece la magnífica oportunidad de pagar tres productos y llevar dos (aproveche el gangazo), todos -amparados en el constitucional y sagrado derecho al trabajo- compitiendo para definir quién tiene la amplificación más poderosa. Y las autoridades encargadas de poner orden en el municipio ni siquiera se dan por aludidas.


Todos compiten para saber quién vende a mayor velocidad, pues se escucha el pregón en una esquina pero cuando el potencial comprador sale, el vendedor va tres cuadras más allá. ¿Para qué tanto ruido si nadie logra agarrarlos? Y las autoridades encargadas de poner orden en el municipio tampoco pueden alcanzarlos y por eso no han podido hacer las reconvenciones del caso.

Ahora se ha unido a este coro el anunciante de un circo, que de manera contraria a los pregoneros del pueblo, recorre una y otra vez y otra vez las calles reventando tímpanos con la característica voz destemplada y gritona  de los payasos para invitar a morir de la risa.  Y las autoridades encargadas de poner orden en el municipio realmente muertas de la risa sin haber ido al circo porque no han escuchado el anuncio.
El del circo es un caso patético. Ya agoté la existencia de tapones y estoy a punto de someterme a una intervención quirúrgica para que me eliminen el órgano de la audición, pues realmente se ha vuelto insoportable la situación: el anunciante pasa en un automóvil hasta ocho veces en el día por el sector donde vivo dispersando contaminación auditiva a niveles desquiciantes. Al respecto alguien escuchó mi lamento y me insinuó que presentara un derecho de petición ante las autoridades encargadas de poner orden en el municipio. Como soy un poco más escéptico que santo Tomás, respondí que tiene más efecto un acetaminofén en el tratamiento del cáncer metastásico que un escrito petitorio dirigido a las autoridades encargadas de poner orden en el municipio, que ellas tampoco leen a este servidor (pero sí les llega el bochinche), que mejor es esperar a que el circo anuncie que será su último día en Roldanillo (aunque los últimos días de los circos son de tres semanas), que seguramente el de los tomates por fin venderá las tres bolsas que siempre lleva en su bicicleta, que a lo mejor el de las solteritas le da por volverse casamentero y decide guardar su megáfono, que el de las frutas ya no volverá a dar papaya y al de las verduras algún día se le tendrá que madurar el plátano, que el de la mazamorra... en fin, que no voy a gastar papel ni esfuerzo ante unas autoridades encargadas de poner el orden en el municipio porque, en primer lugar, ellas son las que dan los permisos a todos los ruidosos del pueblo y, en segundo lugar, porque ellas NO OYEN el tormento diario de los perifoneos. Y casi nunca OYEN a los ciudadanos. 


Ah, ahora no es que me salgan con el cuento de que si me molesta tanto el ruido de este pueblo, entonces me largue para otra parte. Me anticipo a esa hipotética recriminación: No me voy de aquí porque escogí vivir aquí, porque nací aquí y he estado aquí mucho antes que un tercio de los que viven aquí pero no son de aquí y por eso no les importa lo que pasa aquí.